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La nostalgia sin fisura de Marietta Cuesta

Foto del escritor: Bal Urrieta
Bal Urrieta
19 oct
4 min de lectura

Por: Bal Urrieta


La poeta Marietta Cuesta no había nacido con la fisura en la mitad del labio superior, ese canal apenas perceptible que le da más forma de boca a la boca; no, no lo tenía, sus labios eran finos, largos, rojos, distantes, y no se sabía por dónde empezaba o terminaba su tristeza ni si la carencia de esa fisura (sobre la cual hacía poemas, poemas largos y tristes, pero evanescentes y extraviados en sí mismos) era el resultado de cuando rompemos la placenta y nos ponemos a gemir por ese resentimiento tan antiguo de abandonar el seno materno, por llegar a esta vida llena de recovecos y nada más. Que allí, en ese justo momento, llega el ángel del Señor que pinta cavernas de todos los colores y lleva ropaje de violetas; llega con el afán de apoyar su dedo índice en los labios de todos los recién nacidos para dormir aquella tristeza temprana y marcarnos, por siempre y para siempre, porque todos somos hijos de Dios, pero ella, Marietta —aunque su nombre para los israelitas significara «la elegida», «la ungida», «la favorita del Señor»—, no nació marcada por su ángel ni tampoco nadie hundió su dedo en el cielo de su labio superior para al menos afirmarle que era hija de alguien, o para que al menos pudiese dormir un poco por toda esa tristeza temprana e inmensa que habría de sobrevenirse por los siglos de los siglos, pero lo que sí le dejó fue una nostalgia violeta, muy violeta, y una sombra extraviada también violeta, y una sensación de incertidumbre también violeta, y un par de alas pasajeras que volaban silenciosamente sin rozarse una con la otra, también violetas, y todas las demás tristezas, para que Marietta, como a una prueba de vida irrefutable, lograra darle un lugar propio, así sea uno fuera de su corazón.


No se sabe cuándo Marietta comenzó a escribir (o al menos yo no lo sé, aun después de tantas preguntas): si fue cuando apenas aprendió a leer, si fue por un poema a su madre para hacerla feliz, si fue porque no sabía de otras formas menos tristes para aprender a estar triste, si fue porque primero hay que escribir cómo se siente uno, justamente para empezar a sentirlo, y es posible que por esa razón, cuando uno la lee o mira sus cuadros —que también pintaba—, se tenga la impresión de que ella se sabía a sí misma, hondamente, de pies a cabeza, por lo cual, es posible, fueran también las carencias y los amores sin destinatario ni destino sobre los que hacía poemas, y los ángeles que también, quizá para que pudieran llevarla hasta un punto lejano del cielo, quizá solo creer que había una razón en todo lo que hacía, aunque creer, creer como cree una madre en su hijo, nunca sea de fiar.


Yo intenté darle un lugar propio también, y traté de saber mucho sobre ella, pero fue poco, apenas versiones: primero me encontré con un poemario suyo llamado De alas y de insomnios (así como de ángeles), en una feria de libros de viejo en la Biblioteca Municipal de Cuenca, de la que no tenía idea ni quería, tampoco, comprar nada, pero ahí estaba, como una aparición celeste, una mujer que, quién sabrá el motivo, casi me presionó a que me lo llevara, y yo no quería, pero terminé cediendo y, una vez llegado a casa, comencé a leerlo de principio a fin, una vez tras otra, impresionado no solo por sus poemas sino por la absurda evocación de una vida, de una mujer hermosa y viva a la que bien podría ir a conocer y estrecharle la mano y decirle cuánto la admiraba e invitarla a uno de los talleres de escritura que organizo para que todo el mundo la conociera. Comencé a googlear y encontré sus fotos y a un par de sus amigos pidiendo en los blogs de poesía, donde publicaba sus poemas, que descansara en paz, y yo no pude creer que una poesía tan viva pudiera haber sido escrita por una mujer del otro lado de ella. Fue entonces cuando supe sobre la gira de poesía que hizo Marietta junto a otros escritores, y que la llevó a Perú, Colombia, Venezuela, Estados Unidos e Israel; y fue justamente en la populosa ciudad de Los Ángeles donde se malogró todo, ya que, según cuentan, fue estafada por la gente que administraba el hotel donde se iba a hospedar, de modo que, como solución temporal, una de sus amigas escritoras le ofreció compartir su habitación, hasta que se le consiguiera una, asunto que no sucedió y que precipitó su viaje a Israel, cuando ya todos estaban a punto de regresar a sus tierras; y supe también que otro amigo, un compositor ecuatoriano, la quedó esperando sin saber que no regresaría —y ella tampoco, pues cómo iba a saber o suponer siquiera la cercanía de la muerte (¿quién puede?)—, dado que le gustaban sus poemas y la había leído, la había leído copiosa, afanosamente, e incluso musicalizó uno de ellos, porque pensaba que eran versos que bien pudieran bailarse como las penas; y supe también que llegó, por lo sucedido en Los Ángeles, malograda pero feliz, ya que iba a presentar su último libro, y entonces todo se precipitó, la vida y la muerte: el paréntesis del ángel que vino a buscarla y que Dios había olvidado enviarle hacía tantos años atrás para que no le marcara aquella tristeza tan honda, casi infame, pero que posiblemente, por esa ironía al mismo tiempo cómica y estúpida, es decir, doblemente estúpida, se acordó de ella y envió su ángel cuando ya se estaba muriendo, y qué poco se puede hacer —ni los hombres, ni aun Dios— con la tristeza de un muerto. Marietta murió en 2014, en un remoto hospital de Israel, donde no tenía un seguro ni dinero para restablecerse de una enfermedad o de un padecimiento igual de remoto (después de padecer tanto en una ciudad que justamente se llamaba Los Ángeles y después de tanto escribir sobre ángeles y de tanto pintar a los ángeles y rezarles todas las noches en sus poemas, porque era seguro que las oraciones no le alcanzaran), pero en donde, hace siglos, a la puerta de una cueva, un ángel encontró al hijo de Dios en el que Marietta creyó toda la vida. Solo me pregunto si será también violeta la tristeza de la muerte.

 

7 comentarios


condegatulaedicion
condegatulaedicion
hace un día

gracias por escribir sobre Marietta, Bal.

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Marivi Hernandez
20 oct

Qué texto tan dolorosamente hermoso. Lograste contagiar esa 'nostalgia violeta' de la que hablas, haciendo que uno sienta la ausencia de Marietta Cuesta como si también la hubiera descubierto en una mesa de libros usados. Esa paradoja final del ángel que llega tarde, cuando la vida ya se ha escapado, parte el alma. Gracias por rescatar su memoria y por escribirle una elegía que está a la altura de su propia poesía.

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Erick Urrieta
Erick Urrieta
20 oct

Querido Ñaño, qué lindo escribes. Y que lindo fue leer sobre Marietta, y que por fin hayas volcado esa obsesión, y amor hacia ella.

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Tooxi Youth
Tooxi Youth
19 oct

”Solo me pregunto si será también violeta la tristeza de la muerte”. Este texto, siente tan poderoso, como un beso Justo en el corazón. Felicidades Bal. Me dieron tantas ganas de leer a Marietta.

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amvn2309
19 oct

No sabía nada de Marietta y ahora me dejas con tantas ganas de leerla

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