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Lo primero, y más importante, ser bruja significaba ser una mujer con un oficio propio y, por lo tanto, independiente

Foto del escritor: Bal Urrieta
Bal Urrieta
hace 2 días
4 min de lectura

Jules Michelet imaginó en La Sorcière que las brujas, tal como las conocemos en Occidente, comenzaron a existir oficialmente durante el oscurantismo de la Edad Media, cuando los hombres se marchaban a dejar su sangre en las guerras de los señores feudales, quienes se enfrentaban por sus tierras y dominios; otros partían hacia las Cruzadas a reclamar la tierra santa de su dios; y podían pasar meses, incluso años, antes de que regresaran —si lo hacían— de vuelta a casa. Las mujeres se quedaron así a velar por sus hijos y por sí mismas, y todo parece indicar que algunas, junto a la lumbre o de cara al paisaje que se dibujaba través de una ventana, encontraban una forma de soledad que hasta ese momento había sido difícil, sino imposible, de alcanzar.


Debemos imaginar lo que significaba aquello: mujeres que habían pasado buena parte de sus vidas cuidando a sus hijos, atendiendo a sus esposos, arando la tierra y malviviendo por las necesidades domésticas, se encontraban de pronto sin la cotidiana presencia de un hombre. No es que antes no hubieran conocido la soledad ni que hubiesen vivido siempre acompañadas, pero aquella ausencia posibilitaba un espacio distinto y desconocido: estar solas, pensar solas, hablar entre ellas, escuchar lo que sucedía alrededor; descubrir, quizá, que el mundo no terminaba en los límites del limbo de una cocina.


Michelet cuenta que cuando los hombres regresaron, no encontraron a sus mujeres donde las habían dejado, ante la cuna de los niños o pelando las verduras para el almuerzo. Estaban transformadas. Habían abandonado sus casas y se habían internado en los bosques, junto a los animales salvajes. El bosque del medievo era un territorio de horror donde terminaban los caminos conocidos y comenzaban los desconocidos; el dominio de dios y de los hombres era reemplazado por el ulular de los ciervos, los zorros, las aves y criaturas que el Señor no había bautizado. Y estaban también los expulsados del reino: los enfermos, los pobres, los leprosos, que con frecuencia los apartadaba del mundo la mano benevolente de los cristianos.


En los márgenes del bosque también podían encontrarse mujeres conocedoras de las plantas, que preparaban remedios para los dolores y las fiebres, que sabían atender los partos, aliviar los indistintos malestares del cuerpo y hablar de los suyos propios. Mujeres cuyo conocimiento no procedía de los libros ni de los sermones de la iglesia, sino de la observación, la experiencia y una transmisión de saberes que pasaba de una generación a otra. No sabemos cuántas de ellas vivieron de esa manera ni si realmente existieron aquellas comunidades que imaginó Michelet, aunque él suponga que eran pocas las que podían vivir completamente apartadas de la comunidad. Sabemos, sin embargo, que durante siglos las mujeres conservaron y transmitieron conocimientos medicinales que no siempre fueron reconocidos por las instituciones encargadas de producir el saber. Aquello que sabían no estaba escrito, pero tampoco por eso dejaba de existir.


Y quizá aquí comienza una de las historias más interesantes de la brujería: la historia de cómo determinados conocimientos llegaron a convertirse en motivos de sospecha. Durante siglos, las mujeres que ejercían prácticas medicinales, que atendían partos o que preparaban remedios ocuparon un lugar importante en sus comunidades. No todas fueron perseguidas ni todas fueron consideradas brujas. Pero, a medida que las autoridades religiosas y judiciales comenzaron a construir una imagen más definida de la brujería (como que comían niños y envenaban las cosechas), ciertas prácticas y saberes fueron reinterpretados como manifestaciones de una relación envilecida con el demonio.


En 1486 apareció el Malleus Maleficarum, conocido en español como El martillo de las brujas; era un tratado demonológico atribuido a Heinrich Kramer y tradicionalmente también a Jacob Sprenger. El libro pretendía explicar cómo reconocer, investigar y castigar la brujería. Sus páginas están atravesadas por una desconfianza particular hacia las mujeres, quienes para los autores eran las más débiles frente a las tentaciones del demonio y, por tanto, las más peligrosas para la sociedad. De modo que la mujer que conocía demasiado, la que vivía sola, la que no obedecía o la que ejercía una autoridad que no procedía de un hombre podía convertirse en una figura sospechosa.


No significa que las mujeres independientes fueran automáticamente acusadas de brujería, ni que todas las perseguidas fueran curanderas. La realidad fue mucho más compleja y las persecuciones respondieron a conflictos religiosos, políticos, económicos y comunitarios. Pero hay algo que no podemos pasar por alto: la bruja terminó convirtiéndose en una de las figuras más poderosas del imaginario occidental al representar a una mujer que había transgredido los límites que otros habían establecido para ella. La mujer que conocía las plantas podía ser acusada de preparar venenos; la que atendía los partos, de intervenir contra la voluntad de Dios; la que vivía apartada, de reunirse con el demonio. Sus conocimientos dejaban de ser conocimientos y se convertían en pruebas, su soledad dejaba de ser una circunstancia y se transformaba en una sospecha, y el bosque, aquel lugar donde Michelet imaginó que las mujeres habían encontrado una forma de libertad, se convirtió en el escenario de una de las fantasías más aterradoras que Europa construyó sobre ellas.



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