Café para tres

Por: Angie Garzón
Ellas iban acompañadas del aroma del café recién colado en sus dos tazas azules. Ya hace varios años que vivían juntas; ambas habían aprendido las costumbres de la otra y, en ocasiones, en sus borracheras de playa, de arena y de aire se confundían la una con la otra. Y en esa rutina de dos la encontraron a ella, casi divina, con su piel tostada. Era novedosa, casi mística como una sirena en la orilla.
Entonces llegó la que se despertaba temprano, pulcra. Perseguida por un olor a perfume de orquídeas y una taza roja, diferente a las de color azul de la casa. Hacía sentido, calzaba como una pieza de rompecabezas. Saciaba la necesidad de una nueva piel, de otros ojos y sanaba el hastío de las otras.
Las mañanas se convirtieron en un ritual de tres. Tres tazas de café, tres cuerpos compartiendo calidez. Tres que son de tres, tres: el número divino. Y empezaron a hacerlo todo así: tres veces las tres tomaban café, tres veces las tres se bañaban juntas, tres veces las tres se encontraban en la cama para entregarse a la espuma y a la sal del mar, y para caer sobre la noche. Pero la santa trinidad jamás les sería otorgada a aquellas mujeres; además, lo divino no puede ser verdad sin la presencia del Maligno.
Que empezó a materializarse como una serie de voces internas en la cabeza de las dueñas del par de tazas azules. Esas voces eran como un zumbido que no cesaba.
«¿Y si somos demasiadas? Dos ya son muchas y tres son una multitud que agobia».
«¿Le queremos? Pero, ¿y si ya no le queremos?».
Las muchachas de las tazas azules conversaban en la noche cuando pensaban que su sirena estaba dormida, como si estuviese en la profundidad de su océano. Pero ella escuchaba y sentía su corazón hacerse chiquito. Su cuerpo se enfriaba con cada duda, como su café de la mañana en su taza roja cuando las tazas azules permanecían guardadas en la alacena. Le hacía falta ellas.
Y así la rutina de tres se volvió otra vez de dos. Una taza roja como la sangre y otras azules como el cielo y el mar sobre la mesa. El contraste tan alborotador como si gritaran en el silencio incómodo de la distancia.
En una mañana fría, la de la taza roja, piel tostada y olor a orquídeas esperó sentada en la mesa del comedor. No tocó su café, esperó una última vez. Esperó a que las tazas azules fueran utilizadas por el par de mujeres que conoció en la playa. Ellas, que la acogieron, como los niños hacen con las conchas que encuentran en sus vacaciones de playa. Esperó su compañía, esperó y esperó. Y sin mirar atrás decidió volver a la playa, al mar a donde pertenecía, dejando la soledad atrás y el café frío en la taza roja.
El silencio en la casa era ensordecedor hasta que las tazas azules fueron colocadas en la mesa nuevamente.
Más tarde, la rutina de las dos tazas azules fue retomada y empezó a fluir con naturalidad. Era amena, aunque fría y un poco vacía. Pero había comodidad en lo conocido, aunque ellas sintieran sus entrañas retorcerse.
Así pasaron los días, la taza roja sobre la mesa, como un ente invisible. El olor a café a tostado cada día contaminaba todo a su alrededor. Hasta que las de las tazas azules tuvieron suficiente.
«¡¿No vas a lavar la taza roja?!».
«¿Por qué no la lavas tú?».
«No es mi taza».
«Tampoco es mía».
El silencio se extendió, desde el corazón hacia el resto de los cuerpo rígidos ya.
«Olvídala, como si no importara», dijo una voz temerosa.
«¡Tú también lo hiciste!», respondió fúrica la otra.
«¿Y por qué yo tengo que ser responsable?».
«¡Porque somos dos las que vivimos aquí! Siempre fuimos dos».
«Pero también fuimos tres».
«Sí... fuimos tres».
Aparte de la taza roja, la sirena parecía haber dejado atrás agua de mar. Que desbordaba los rostros de las dos que quedaban. De las dos que no podían quitar la mirada de la taza roja encima de la mesa, con café negro frío y agrio por el descuido y el olvido.



tan personal 🩷
Ojalá ser tu musa, ojalá ser el café que te anima a poner cada letra.
-MG