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Nuez moscada

Foto del escritor: condegatulaedicion
condegatulaedicion
10 oct
4 min de lectura

Por: Jamileth Morocho


Mi corazón, necio, decide alimentarse de tu imagen.


Muevo mis ojos lentamente de izquierda a derecha, con mi espalda completamente apoyada en el respaldo de la silla cerca de la ventana, donde puedo confirmar que la melancolía se adueñó del otoño. Hojas pintadas por hadas; una brisa escandalosa, risueña, atrevida, que me acaricia la piel y el alma.

Me distraigo de la lectura por el vapor que me empaña los lentes y, cómo no, si el café con una caricia de leche, más las pequeñas risas de nuez —que pueden ser muchas—, me marcan los hoyuelos.

Con la felicidad contenida en una taza, escucho pasos acercándose desde los pasillos con estanterías de libros antiguos, impregnados con un olor seco, cálido e inusualmente terroso.

Al terminarse rápido mi felicidad, me intriga saber por qué mi cuerpo se tensó como cuerda de un arco. Tal vez porque solo al observarte me provocaste taquicardia o tal vez porque solo al escucharte decir que venías a devolver unos libros que me pediste prestados la semana pasada, aluciné.

El choque de nuestras miradas me provocó náuseas. Quería vomitar el enjambre de mariposas moribundas que, con sus patas quebradizas, se aferran a mi estómago. Siento la tela de encaje de sus alas dejar de responder al centro de tu imagen; aun así, me temblaron las manos y la existencia al verte, con tus botas rojas y tu falda color crema acentuando tu cintura. Lucho con la angustia de tu cómoda actitud, pero sobre todo con la angustia de dejarte. ¿Dejarte? No hace ni la distancia de un sueño y la realidad que te tuve por primera vez entre mis brazos.

No lo aluciné, no lo imaginé, ni siquiera lo pensé; estoy seguro, porque lo sentí en el peso de tu cuerpo sobre la parte superior de mis piernas, en tu aliento rozando mis labios y en el susurro de tu voz en mi oreja.

—No me gusta estar así.

—¿Mirándome a los ojos? —le pregunté.

—No, desnuda —me responde en un aliento.

—¿Te dejo la blusa? —le respondí con la comisura de mis labios levemente levantada.


Ella cree que no entendí.


Y no la culpo, siempre fui bueno con las ideas, malo con las palabras; no puedes verte a través de mis ojos y es lo que más lamento.

—Suerte por ti— dijiste, quebrando mi mente y nuestra habitación con el temblor de tu voz.

Suerte por ti, mi vida, que mi cuerpo te regala el olor de bergamota dulce y tinta vieja, el lento ritmo de mi pecho que, cual marea, sube y baja con mi respirar. Tú te quedas con mi orgullo, aumentando una ansiedad feroz por el olor de fresas dulces de tu humedad; con ambos pulgares me aferro a tus caderas y me presento con un beso en la marca de nacimiento de tu seno izquierdo.

Yo por dentro tiemblo, independientemente de ti entre mi carne; creo en la comprensión de que ambos pertenecemos a este momento.

Sé que estás desnuda y tiemblas por ansias, a veces por miedo.

No temas que vea tu cuerpo, que arranque tu ropa y descubra tus estrías. No me apena tu color, tu tamaño ni tus partes curvas; inevitablemente asegurarás que me olvidaré de que bebí de tu ombligo, y es ahí donde inicia mi terror, porque soy devoto a tu vida.

Estamos desnudos, nada me adorna en este momento frente a ti, solo soy esto ahora: humano, hombre, animal, carne, huesos, esencia. No soy más, no soy menos; no importa si ahora soy inteligente, si sé bailar o si hablo inglés; no importa la canción que escuché en la ducha, ni el café con leche y nuez de ayer. Nada importa ahora que estoy desnudo.

Contigo pasa lo mismo: no eres más, no eres menos; no importa si ahora se te corrió el labial, si sabes cantar o si te encanta socializar; no importa la tarta olvidada en el refrigerador, ni el esmalte desgastado de tus uñas. Nada importa ahora que estás desnuda.

Inocente catarsis que provocó tu entrega en mi órgano más indefenso, refugiado invisiblemente entre tus dedos y mis costillas; pese a ello, te besaría el cuello, encontraría cada una de tus cicatrices —de las cuales quiero conocer su historia—, anhelaría preguntar, platicar, entenderte... pero no ahora, para no desconcentrarme.

Te tendría sentada encima de mí, y frente a tus ojos brillaría la plata de un camafeo de ángel colgando bajo mi cuello, bailando al ritmo del vacío que nos había atormentado durante horas, reemplazado por una plenitud que nos roba el aliento.

Abriría mi boca, ahora no para hablar de fórmulas ni del mal que hay en el mundo; será para tomarte de un trago, áspero en la garganta, dulce en el corazón.

Por un momento, o quizá para siempre, anunciarás que olvidaría cada palabra que dijiste en relación con el amor al arte, y la dulzura que decías encontrar en mi alma no será opacada por el néctar de tu cuerpo. Viviría ebrio de la unión de nuestros cuerpos, queriendo encontrar amor en tus labios, saborear tu juventud, escurrirme en la vibración entrecortada de tu respiración.

En mi cabeza ahora nace la imagen de nosotros desnudos, sin zapatos, sin un manto que nos cubra de las palabras no dichas y del mundo.

Si vivimos todo eso, ¿por qué sigues caminando sin voltear a verme? ¿Por qué llegas tarde? Me duele pensar que lo nuestro no existe; cada minuto que pasa se resta de la cantidad de tiempo que nos queda.

—Cierto que no lo sabes, yo ya lo sé.

Enojado, afirmé que lo aluciné, lo imaginé, lo pensé, le echo la culpa a la nuez moscada del café por su miristicina… Tal vez lo que fue de tres a seis horas observándote tomar té con un libro que me pediste prestado, para mí fue una vida con delirios de ser tuyo.


P. D.: No sé si me amas, pero qué hermoso me inventas.


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