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Pepita Machado: el arte de recuperar la infancia


Por Bal Urrieta


A veces habla bajito, como si antes de decir algo tuviera que ordenar un pequeño revoloteo de palabras, elegir una por una y, entonces sí, seguir. La grabadora está sobre la mesa, pero hay cosas que no se registran. La pausa antes de responder. La forma en que mira el suelo, como si buscara un rostro familiar. La timidez sumergida en el azul de su blusa, en el brillo leve de sus aretes. Sus manos la delatan un poco. Mueve los dedos cuando roza algo personal, algo que durante mucho tiempo escondió debajo de las uñas, pero que ahora ya no quiere esconder. Y su mirada —sobre todo su mirada—, cuando la sostiene, promueve la sensación de haberla visto antes, en otros lugares, con otros colores. En sus cuadros.


«Para mí, mi arte es un bote salvavidas—dice Pepita—, porque estoy todo el tiempo estudiando feminicidios, la violencia, las desapariciones, el crimen organizado. Es terrible. Pero mientras más dura sea la realidad, más infantiles y más alegres serán mis dibujos».

Pepita Machado es abogada, activista por los derechos de las mujeres y, sobre todo, artista: escribe y dibuja. Quizá por eso habla de sus dibujos como si fueran un refugio, pero no un refugio para esconderse, sino para quedarse un rato más. Como cuando uno entra a un lugar que reconoce sin saber exactamente por qué. Porque no hay evasión. O no del todo. Hay colores que relajan, sí, pero también hay cuerpos fragmentados, ligeramente torcidos, como si hubieran sido movidos de lugar mientras nadie miraba. Cuerpos que están —y no están—, que recuerdan algo que no termina de aparecer. Uno los mira y cree no haber estado ahí. Y, sin embargo…


Pepita no solo dibuja. No solo nombra la violencia, no solo la estudia, no solo la rodea con palabras que a veces no alcanzan. También hace otra cosa, algo más mínimo y más extraño: nos devuelve. Nos devuelve la infancia, pero no como un recuerdo limpio, sino como una mancha de color que insiste. Nos devuelve los colores favoritos, la certeza —casi olvidada— de que el azul y el rojo sí combinan, de que alguna vez eso fue evidente y no necesitaba explicación. Después aprendimos lo contrario. O nos lo hicieron aprender.


Por mucho tiempo, Pepita creyó que no dibujaba bien. Cuando lo afirma piensa en las proporciones, la perspectiva, las luces y las sombras, pues como ella también trabaja con comisiones, sus retratos no encajan con la realidad (o eso dice Pepita), pero sí encajan con los afanes del corazón de los retratados. Pero el asunto la mortificaba, más aún porque su papá y su abuelo —Marco Machado y Víctor Arévalo— ejecutaban con destreza la pintura realista. El abuelo, recuerda, sacaba cuadros de los pintores vanguardistas de inicios del siglo pasado y con un desdén iracundo decía que los quitara de su vista, que cualquiera puede hacer esa pendejada. Aunque ahora, cree Pepita, era como si intentara decirle otra cosa, que, en ocasiones, cuando no hacemos algo, no es por carecer de la competencia para hacerlo, sino porque decidimos no hacerlo. «Vos puedes seguir cultivando lo tuyo», dijo el abuelo y dio por cerrado las dudas de la nieta.


Pepita empezó a pintar diluyendo brea con gasolina —la baba negra de un dinosaurio grande y excéntrico. De modo que su primera, primerísima obra fue un asunto monocromático de tonalidades cafés. En ocasiones, el resultado tenía la impronta sombría de Goya. Fue luego, con la introducción del rosado en las mejillas, lo que originó una variedad de figuras de género ambiguo —masculinas, femeninas, no binarias— y, progresivamente, produjo la explosión: una exposición de color. De la baba negra del dinosaurio emergía un arcoíris.

«Y esto es increíble, porque es como haber recuperado mi infancia— dice Pepita—. Ahora dibujo como debía haber dibujado cuando era niña».

 

Selección de obras de Pepita Machado, presentadas en la exposición Resplandor (2026).

 
 
 

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