Unas cuantas cuestiones de esta cobardía que llamamos país
- condegatulaedicion
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Por: Christian Parra
Es ya una frase cliché, baboseada hasta el empalagamiento, que nuestro país lleva el nombre de una línea imaginaria, y decir que justamente eso justifica tanto; justifica todo, incluso lo que no. Lo que pasa es que hemos sido educados en el silencio; parte de nuestra idiosincrasia es la cultura del silencio: hay cosas que no se dicen y que, si se dicen, hay maneras de decirlas para que parezca que, diciéndolas, en realidad no dicen nada. Por ejemplo, hace unos días, el expresidente Hurtado ha dicho que el señor Noboa es un «criptodictador», un «segundo Correa», o sea, un dictador tapado; que ningún dictador se asume como tal en alta voz ni en cadena nacional: lo hace, como nos han enseñado, en silencio, bajo la mesa, a la vista de todos, pero en silencio. O sea que el ex ha dicho mucho y no ha dicho nada, pero ha dicho más que muchos de los que hablan con un micrófono abierto y con pauta del gobierno nacional, o sin él.
Que en estos días el ex sea la voz de lo que nadie se atreve a decirle al señor Noboa da cuenta de que, en medio de la cultura del silencio, muchas veces se puede escapar un grito, un gritito ahogado, que oímos muchos y así, oyéndolo al paso, nos santiguamos y volvemos a dormir. No voy a detenerme a hacer un inventario del cuestionable gobierno del ex ni de su aún más cuestionable papel cuando el asesinato de Jaime Roldós, porque no hay tragedia si todo ha sido dicho y hecho como si fuera una tragedia que nadie vio venir, cuando la supo incluso mi madre el momento en que lo anunciaron durante un partido de la tri.
Pero, aun así, si aún así pasamos por alto todos los antecedentes del ex —como su idea de que los indígenas son un obstáculo para el desarrollo del Ecuador y apoyado, tanto conceptual como práctico, al gobierno del señor Lasso con su gente de la otrora Democracia Cristiana, su partido político—, confunde una cosa con otra. Porque, por mediocre, autoritario y corrupto, no puede comparar a Correa con el señor Noboa. No es que haya dictadores peores que otros, pero haciendo uso de la vara de medir de la clase política nacional, la mediocridad apura y premia a los tibios: pero Noboa no es tibio sino cruel, y Correa y el correísmo, no por no ser tibios, dejan de ser corruptos y autoritarios.
Dejemos los eufemismos a un lado: por terrible que suene, la clase política de este país ha sido tan mediocre que lo mejor, lo mejorcito, ha sido el correísmo. (Hagan con esa verdad un papelito y tírenlo lejos o métanselo por el culo, no hay de otra). No quisiéramos (no deberíamos querer) que retorne Correa, pero tampoco que continúe el señor Noboa ejerciendo eso que ejerce, y que nadie sabe bien, desde que comenzó a gobernar, para qué sirve.
Quieren hacernos creer (y lo han logrado) que antes del correísmo en el Ecuador había moralidad, decencia, que no existía la impunidad, que, al menos, para ejercerla había que tener dinero o un aliado o un amante poderoso. Quizá esto último tiene un matiz importante, pues hoy no hace falta ni el aliado ni el amante, solo ganas de matar y, con esas ganas, salir a la calle. Pero, aunque suena a una boutade, ese Ecuador no existe, no existió o, que yo recuerde, es un espejismo. Cuando niño, recuerdo las huelgas de los maestros, los consuetudinarios decomisos de droga en los puertos, a Lucio deshaciendo el Estado, a hombres y mujeres burlándose del padre del señor Noboa y, secretamente, aspirando a poseer los fajos de su billetera, a como dé lugar. Otra vez: dejémonos de eufemismos, las élites aspiran a un espejismo, no porque sean ignorantes, que lo son; no solo porque sean corruptas, que lo son: aspiran a un país que nunca existió para que nos conformemos con lo que hay. Y como ven que eso es bueno, nosotros también. Quizá, en ese sentido, pienso en una diferencia entre el Ecuador que fue y el que hoy es. En un recuerdo borroso voy de la mano de mi padre, una noche remota; hay una multitud en La Glorieta esperando que ocurra algo, algo que lo cambiará todo, y como soy un niño pienso que es la Navidad; de pronto, un hombre grita: «cayó Lucio, cayó Lucio». Y todos se lanzan a las calles a festejar, como si el tiempo incontable de la eternidad hubiera por fin terminado. Ha pasado tanto, agua ha corrido bajo el puente y muchos cadáveres también. Vuelvo a caminar por el mismo lugar, a la misma hora, ya no de la mano de mi padre sino del hombre que amo, una noche cualquiera. Ya no está Lucio, pero está el señor Noboa y toda su familia; y continuarán, al parecer, ahí el señor Noboa y los suyos, y para Navidad lo que habrá, seguramente, serán cuatro niños desaparecidos. Otra vez.
Y diciendo todo esto que digo, estoy seguro que habiéndolo dicho no he dicho nada, que todo lo que hecho ha sido mirar al frente, cerrar la boca y cruzar los brazos, y seguir.
Christian Parra. Nací en Cuenca, en 1996. Soy escritor, periodista y editor. He publicado la antología de crónicas Apariciones (2025) y la novela juvenil La antigua promesa (2026). He sido ganador de la Convocatoria Editorial del GAD de Cuenca (2024) en la Categoría “Narrativa” y del Concurso Nacional de Novela Juvenil Eskeletra “Amo lo que leo”. Actualmente me desempeño como freelance, soy corrector de estilo de la Casa Editora de la Universidad del Azuay y codirector de Conde Gátula Ediciones.



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